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C͍RCULO VICIOSO DE UN PA͍S ADOLESCENTE

25 de Junio de 2018

La globalización no solo ha eliminado las fronteras geográficas y económicas. Sino también ha permitido el contagio, con rasgos de epidemia, de algunos trastornos de la democracia. La transnacionalización tiene sus luces y sombras. Lamentablemente, el entoldamiento de las democracias latinoamericanas se va extendiendo. Y lo hacen en tiempos que, por el bicentenario como Repúblicas, estaba separado para gozar de una claridad meridiana de las instituciones de nuestros Estados.

En la otra orilla de Sudamérica, luego de un prolongado paro de transportistas por el alza del precio del combustible diésel, marchas multitudinarias piden el retorno de la dictadura militar en Brasil. Los últimos gobiernos de esta naturaleza que se dieron en la tierra del arquitecto Óscar Niemeyer fueron entre 1964 y 1985. La OAB (La abogacía brasileña) los consintió hasta 1982. Y la Suprema Corte lo auspició bajo el argumento de que aseguraba la moral del país. Para asegurar la goleada a la institucionalidad, el político más popular, Ignacio Lula Da Silva, está preso por corrupción pasiva y lavado de dinero.

Entre nosotros, en las últimas semanas se han organizado marchas pidiendo el cierre del Congreso. Con un eco altisonante. Las últimas denuncias contra los inquilinos de la Plaza Bolívar parecen indefendibles. Aún, siendo mayoritario el veredicto de que la disolución del Congreso en 1992 significó la ruptura del orden constitucional del país, se prohíja su desaparición con convicción religiosa. Pareciera que nuestras democracias están condenadas a un círculo vicioso. Seguimos siendo el “país adolescente” de Luis Alberto Sánchez. O el “continente adolescente”. No maduramos. Somos sanguíneos. Emocionales. La historia se repite y no corregimos.

Entonces las interrogantes caen en cataratas. ¿Cómo educamos a nuestros ciudadanos para que elijan representantes a los que luego no repudien? ¿No sería mejor destacar a los congresistas con contracción al trabajo, que responden a los llamados de su población y que no caen en la espiral de trivialidades, en vez de generalizar y decir que los 130 son corruptos? Esto último no solo no es cierto, sino que pedidos como los que hacen en masa es alimentar a los antidemocráticos y extremistas. Fortalecer a los que su medio ambiente ideal es el caos y la falta de institucionalidad. En el hemiciclo legislativo, ¿tanto cuesta entender que el ADN de todo Estado Constitucional de Derecho es el límite al poder? ¿Cuándo emitirán un mensaje de autocontrol aprobando la renovación por tercios a mitad del periodo o algún límite a su reelección ad infinitum?

Sólo con conductas diferentes que denoten prudencia y sensatez saldremos de este círculo vicioso de una adolescencia interminable.


Publicado en el diario Expreso el martes  12 de junio de 2018.

Fuente: http://www.expreso.com.pe/opinion/guido-aguila-grados/circulo-vicioso-de-un-pais-adolescente/

Los invitamos a leer el artículo "CÍRCULO VICIOSO DE UN PAÍS ADOLESCENTE". Publicado en el diario Expreso el martes  12 de junio de 2018.
Fuente: http://www.expreso.com.pe/opinion/guido-aguila-grados/circulo-vicioso-de-un-pais-adolescente/
 
La globalización no solo ha eliminado las fronteras geográficas y económicas. Sino también ha permitido el contagio, con rasgos de epidemia, de algunos trastornos de la democracia. La transnacionalización tiene sus luces y sombras. Lamentablemente, el entoldamiento de las democracias latinoamericanas se va extendiendo. Y lo hacen en tiempos que, por el bicentenario como Repúblicas, estaba separado para gozar de una claridad meridiana de las instituciones de nuestros Estados.
En la otra orilla de Sudamérica, luego de un prolongado paro de transportistas por el alza del precio del combustible diésel, marchas multitudinarias piden el retorno de la dictadura militar en Brasil. Los últimos gobiernos de esta naturaleza que se dieron en la tierra del arquitecto Óscar Niemeyer fueron entre 1964 y 1985. La OAB (La abogacía brasileña) los consintió hasta 1982. Y la Suprema Corte lo auspició bajo el argumento de que aseguraba la moral del país. Para asegurar la goleada a la institucionalidad, el político más popular, Ignacio Lula Da Silva, está preso por corrupción pasiva y lavado de dinero.
Entre nosotros, en las últimas semanas se han organizado marchas pidiendo el cierre del Congreso. Con un eco altisonante. Las últimas denuncias contra los inquilinos de la Plaza Bolívar parecen indefendibles. Aún, siendo mayoritario el veredicto de que la disolución del Congreso en 1992 significó la ruptura del orden constitucional del país, se prohíja su desaparición con convicción religiosa. Pareciera que nuestras democracias están condenadas a un círculo vicioso. Seguimos siendo el “país adolescente” de Luis Alberto Sánchez. O el “continente adolescente”. No maduramos. Somos sanguíneos. Emocionales. La historia se repite y no corregimos.
Entonces las interrogantes caen en cataratas. ¿Cómo educamos a nuestros ciudadanos para que elijan representantes a los que luego no repudien? ¿No sería mejor destacar a los congresistas con contracción al trabajo, que responden a los llamados de su población y que no caen en la espiral de trivialidades, en vez de generalizar y decir que los 130 son corruptos? Esto último no solo no es cierto, sino que pedidos como los que hacen en masa es alimentar a los antidemocráticos y extremistas. Fortalecer a los que su medio ambiente ideal es el caos y la falta de institucionalidad. En el hemiciclo legislativo, ¿tanto cuesta entender que el ADN de todo Estado Constitucional de Derecho es el límite al poder? ¿Cuándo emitirán un mensaje de autocontrol aprobando la renovación por tercios a mitad del periodo o algún límite a su reelección ad infinitum?
Sólo con conductas diferentes que denoten prudencia y sensatez saldremos de este círculo vicioso de una adolescencia interminable.Los invitamos a leer el artículo "CÍRCULO VICIOSO DE UN PAÍS ADOLESCENTE". Publicado en el diario Expreso el martes  12 de junio de 2018.
Fuente: http://www.expreso.com.pe/opinion/guido-aguila-grados/circulo-vicioso-de-un-pais-adolescente/
 
La globalización no solo ha eliminado las fronteras geográficas y económicas. Sino también ha permitido el contagio, con rasgos de epidemia, de algunos trastornos de la democracia. La transnacionalización tiene sus luces y sombras. Lamentablemente, el entoldamiento de las democracias latinoamericanas se va extendiendo. Y lo hacen en tiempos que, por el bicentenario como Repúblicas, estaba separado para gozar de una claridad meridiana de las instituciones de nuestros Estados.
En la otra orilla de Sudamérica, luego de un prolongado paro de transportistas por el alza del precio del combustible diésel, marchas multitudinarias piden el retorno de la dictadura militar en Brasil. Los últimos gobiernos de esta naturaleza que se dieron en la tierra del arquitecto Óscar Niemeyer fueron entre 1964 y 1985. La OAB (La abogacía brasileña) los consintió hasta 1982. Y la Suprema Corte lo auspició bajo el argumento de que aseguraba la moral del país. Para asegurar la goleada a la institucionalidad, el político más popular, Ignacio Lula Da Silva, está preso por corrupción pasiva y lavado de dinero.
Entre nosotros, en las últimas semanas se han organizado marchas pidiendo el cierre del Congreso. Con un eco altisonante. Las últimas denuncias contra los inquilinos de la Plaza Bolívar parecen indefendibles. Aún, siendo mayoritario el veredicto de que la disolución del Congreso en 1992 significó la ruptura del orden constitucional del país, se prohíja su desaparición con convicción religiosa. Pareciera que nuestras democracias están condenadas a un círculo vicioso. Seguimos siendo el “país adolescente” de Luis Alberto Sánchez. O el “continente adolescente”. No maduramos. Somos sanguíneos. Emocionales. La historia se repite y no corregimos.
Entonces las interrogantes caen en cataratas. ¿Cómo educamos a nuestros ciudadanos para que elijan representantes a los que luego no repudien? ¿No sería mejor destacar a los congresistas con contracción al trabajo, que responden a los llamados de su población y que no caen en la espiral de trivialidades, en vez de generalizar y decir que los 130 son corruptos? Esto último no solo no es cierto, sino que pedidos como los que hacen en masa es alimentar a los antidemocráticos y extremistas. Fortalecer a los que su medio ambiente ideal es el caos y la falta de institucionalidad. En el hemiciclo legislativo, ¿tanto cuesta entender que el ADN de todo Estado Constitucional de Derecho es el límite al poder? ¿Cuándo emitirán un mensaje de autocontrol aprobando la renovación por tercios a mitad del periodo o algún límite a su reelección ad infinitum?
Sólo con conductas diferentes que denoten prudencia y sensatez saldremos de este círculo vicioso de una adolescencia interminable.