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TÍTULO PROFESIONAL Y DECISIONES APRESURADAS

16 de Diciembre de 2011

La desgraciada muerte de Walter Oyarce en el último clásico en el estadio Monumental obligó a las autoridades a tomar una decisión sorprendente: los partidos de fútbol profesional se debían jugar sin público. El diario “Correo”, con esa fina ironía que lo caracteriza, graficó en una de sus páginas una decisión análoga: como los buses de transporte interprovincial sufren accidentes con consecuentes muertes, entonces, debían viajar sin  pasajeros.

Es difícil demostrar que la decisión tomada en aquel entonces por el gobierno era un despropósito. El fútbol rentado es un espectáculo y, por ende, su razón de ser es que se desarrolle con espectadores. Los temas relacionados con la seguridad pasan por otros caminos ya  que forma parte de lo que gira alrededor del núcleo. No se trata de eliminar el núcleo.

La única explicación que podemos encontrar a decisiones que se alejan de la lógica y se acercan a la falacia es muy simple: el apresuramiento. La búsqueda de una alternativa menos efectista y más efectiva pasa por sacrificar el tiempo que se requiere para una reflexión que sea sostenida por argumentos inderrotables y efectivos.

Ese mismo apresuramiento lo podemos advertir en la inminente ley que dispone que el título profesional se lograría sólo mediante la defensa de una tesis. Nos parece un salto cualitativo importante, pero no suficiente. Y es que, con lo que tenemos, nada podría ser peor. En un panorama en donde se obtiene el título profesional en general y el de abogado en particular, es –en algunas modalidades como los denominados cursos de titulación- perverso.

Si nos centramos en el título de abogado, que es el que conocemos y nos interesa analizar, la defensa de tesis ha sido la modalidad menos recurrida. El bachiller elige las más de las veces, el atajo fácil al camino pedregoso, el ir cargado en vez de transitar la cuesta empinada. Los cursos de titulación han otorgado títulos de abogados como quien reparte confeti en el estadio antes del ingreso del equipo de sus amores. Sólo los más románticos, los que entienden que la excelencia profesional se logra con una autoexigencia, se han decantado por la defensa de expedientes judiciales, administrativos o arbitrales. Y, un mínimo porcentaje, por tesis.

¿Y qué pensamos de la titulación mediante la defensa de tesis como única posibilidad? La colocamos en el segundo escalón de prioridades. Una tesis bien elaborada y defendida asegura para su autor una gran competencia para el análisis y la investigación. Lo cual es muy bueno. Sin embargo, no mide todas las competencias requeridas para el ejercicio de la abogacía. Competencias que sí son evaluadas al sustentar el análisis de expedientes.

Ha sido tanta la fobia a este tipo de titulación que su implementación debería tener en cuenta las razones por las que los egresados de las facultades de Derecho no la han visto como una opción posible:

1.  Los asesores de tesis no son personas dedicadas a esta labor. Es más, en algunos casos esta labor ya está dentro de la remuneración de los profesionales designados, razón por la cual el interés es mínimo y el tiempo dedicado es residual.

2. No existe uniformidad en los criterios de evaluación.Hay evaluadores para todos los gustos, como en feria regional. Existen desde los que insisten en exigir entrevistas y estadísticas para toda temática hasta quienes confunden tesis con trabajo monográfico.

3. Ni por asomo se cultiva este tipo de investigación en el pregrado. Se exige al bachiller que se desenvuelva en una competencia para lo cual no ha sido cultivado. Y, entonces, cargará con una falencia de la cual no es el único responsable.

4. Los evaluadores, en muchos casos, no entienden la lógica de una tesis.La experiencia indica que la ausencia de personas entendidas en metodología de investigación en nuestras facultades sólo generará densas sombras de dudas sobre el remedio propuesto.

En todo caso, creemos que la ley debe ir acompañada de un reglamento que se centre en la naturaleza particular de cada una de las profesiones. Y, como requisito no negociable, que los responsables académicos de las evaluaciones en sus diferentes estadios sean profesionales que, por lo menos, hayan realizado dos tesis en su vida profesional y se muevan entre estándares de calidad y uniformidad demostrables. Caso contrario, esta importante iniciativa y preocupación por que los filtros profesionales sean idóneos puede terminar, una vez más, en un apresuramiento que nunca es positivo.

GAG